Så tag mit hjerte / Ven, toma mi corazón

Så tag mit hjerte

Så tag mit hjerte i dine hænder,
men tag det varsomt og tag det blidt,
det røde hjerte – nu er det dit.

Det slår så roligt, det slår så dæmpet,
for det har elsket og det har lidt,
nu er det stille – nu er det dit.

Og det kan såres, og det kan segne,
og det kan glemme og glemme tit,
men glemmer aldrig – at det er dit.

Det var saa stærkt og saa stolt, mit hjerte,
det sov og drømte i lyst og leg,
nu kan det knuses – men kun af dig.

Tove Ditlevsen (1942)

Ven, toma mi corazón

Ven, toma en tus manos mi corazón,
tómalo con cuidado, tómalo con ternura,
mi encarnado corazón – tuyo, ahora es.

Late tan tranquilo, late tan suavemente,
porque ha amado y ha sufrido,
ahora late tranquilo – ahora tuyo es.

Y puede lastimarse, y puede marchitarse,
y puede olvidar y olvidar tanto,
pero nunca olvida – que es tuyo.

Era tan fuerte y tan orgulloso, mi corazón,
dormía y soñaba en placeres y juegos,
ahora puede romperse – solo por ti.

Tove Ditlevsen (1942)


Carta abierta a mi padre, Francisco Pimentel (Asociación Memoria Histórica de Ronda)

Grande ha sido mi sorpresa al saber que has estado en huelga de hambre a las puertas del cementerio de Ronda para reclamar más dinero para memoria histórica en Ronda.
Lo sorprendente no es que estés protestando y pidiendo dinero, sino que para ello estés usando el cadáver de mi bisabuelo.

Con tu huelga de hambre has estado apelando a los sentimientos de la gente de Ronda y de los dirigentes encargados de las exhumaciones en Andalucía, usando un lenguaje cargado de patetismo y de sentimentalismo victimista. Por ello, creo necesario escribir estas líneas con las que quiero expresar cuan huecas suenan, viniendo de ti, palabras como memoria, restitución y justicia.

Frente a la ahora, por ti, tan sacralizada y glorificada “memoria histórica”, voy a traer aquí algunos recuerdos de mi infancia y juventud. Entre ellos no hay ninguno relativo a la vida, muerte o memoria de mi bisabuelo. Nunca me hablaste de él, nunca fuiste ni me llevaste al cementerio, nunca me dijiste: aquí está tu bisabuelo y por eso venimos a dejarle flores y a ofrecerle nuestro homenaje.

Al calor de las subvenciones te has inventado una “memoria histórica” de la que careciste absolutamente mientras mi bisabuela y mi abuelo (los que verdaderamente sufrieron su muerte) aun vivían, y por los que no hiciste absolutamente nada de eso que hoy es una ridícula y lamentable farsa.

Cuentas ahora en tus cartas abiertas como te emocionabas al ver a mi bisabuela arrojando flores allí donde ella creía estaban los restos de su esposo, y las visitas al cementerio con mi abuelo. Sin embargo en nuestra casa, de niño, nunca oí una palabra sobre mi bisabuelo: jamás. Nunca le hiciste ese pequeño homenaje que hubiera sido contarme eso de lo que ahora tanto te ufanas y repites: que era un hombre tan bueno que le llamaban Frasquito “el bueno”. Y no es porque en nuestra casa, como en tantas otras en la España de mí infancia, nunca se hablaba de política o de la guerra por temor a las consecuencias o por falta de interés. En nuestra casa tu militancia en el partido comunista marcaba absolutamente nuestra vida familiar: íbamos a mítines clandestinos, manifestaciones, reuniones y toda clase de actos políticos (sí, los niños también). En esos actos nunca oí nada de memoria histórica, ni la más mínima preocupación por los muertos de la guerra ni sus familiares.

Nos sometiste a mí y mis hermanos a un tempranísimo adoctrinamiento ideológico: a un lado estaban los comunistas ortodoxos y en el otro todos los demás (malos por definición), el paraíso terrenal era la unión soviética y la democracia no era más que el trampolín para la definitiva revolución socialista. Llegabas a dictarnos con los hijos de quien podíamos jugar y dirigir la palabra y a quienes no, según los intereses del momento. Pero de mi bisabuelo y de su memoria, nada.

Llegaste tan lejos que si España jugaba un partido de futbol contra algún país socialista estábamos obligados a ir con los comunistas y, muy a nuestro pesar, en contra de los españoles. También recuerdo que a tu vuelta de un viaje a la Rumanía de Ceaucescu, no dejabas de alabar el socialismo y los grandes avances que el gran líder había conseguido. Defendiste ardorosamente la invasión soviética de Afganistán, justificada con que había que acabar con todos los que se opusieran al avance del socialismo y al curso de la historia. Pero nunca una palabra sobre mi bisabuelo, al que ahora tanto lloras.

Sobre la guerra civil nos decías que esos tres años fueron solo fue el principio de la revolución que Marx ya había anunciado: el advenimiento irremediable de la nueva sociedad comunista y que Franco ganó la guerra únicamente gracias a la ayuda de Hitler, Mussolini y los cobardes socialistas del PSOE.

Incluso nos hablabas con desprecio, de quienes lucharon contra Franco por haber perdido la guerra y con ello una oportunidad única de haber instaurado la dictadura del proletariado en España.

La política era parte de nuestra vida cotidiana y, sin embargo, nunca oímos una palabra sobre la muerte de mi bisabuelo, ni de memoria histórica, ni del sufrimiento de mi bisabuela, ni de que ocurrió con mi abuelo en esos años terribles de la guerra y posguerra, ni de que había que recuperar la memoria de los que defendieron a la República. Pero claro estabas ocupado en las guerras internas del partido comunista y la toma del poder, como para ocuparte de esas zarandajas.

Y no solo eso: a pesar de que vivíamos a apenas 40 km. de mi abuelo y mi bisabuela, nunca íbamos a verlos. Estuviste siempre enemistado con ellos y nos privaste de su compañía y de su cercanía. Incluso nos hablabas mal de ellos, especialmente de mi abuelo, al que, por ser amigo de todo el mundo, tachabas de vendido a los “señoritos” de Ronda.

La guerra me quitó a mi bisabuelo, pero tú me quitaste a mi abuelo y a mi bisabuela a pesar de que aun vivían.

Me duele que usurpes la voz de mi bisabuelo y te erijas en representante de todos los muertos y las víctimas. ¿Con que derecho pones voz a la voluntad de los muertos? Ellos ya no pueden hablar, y sus deudos más cercanos ya no están aquí. Ni tú, ni yo llegamos a conocerlo y hablar por él o por los demás muertos es abusar de quien ya no puede defenderse. Si tú eres familiar de víctima, yo también lo soy, y tus nietos también (y esta cadena puede seguir hasta el absurdo).

En la enorme pancarta que colgaste de la pared del cementerio de Ronda se podía leer: “No queremos que nadie haga política, ni negocio con nuestros muertos” pero se te olvidó escribir “… que de eso ya me encargo yo”.
Por lo pronto ya has conseguido con tu huelga de hambre, que te metan en una comisión desde la cual seguirás, sin que nadie te haya elegido, hablando en nombre de las víctimas, de los familiares y haciendo política de la peor calaña para tu propia gloria personal.

Acusas a los miembros de la Dirección General de Memoria Democrática de querer colgarse una medalla “removiendo unos huesos” y eso es precisamente lo único que tú pretendes, o ¿es que crees que a mí bisabuelo le hace falta un mausoleo-cripta de un millón de euros? Los monumentos que se le hacen a los muertos son siempre para gloria de algunos “vivos” que pretenden petrificar su versión de la historia y seguir viviendo del cuento.

A mí me gusta pensar que mi abuelo se escandalizaría y te echaría una gran reprimenda si se enterase de que quieres gastarte un montón de dinero en un mausoleo, en lugar de usarlo en la educación de los jóvenes, mejorar las condiciones de vida de los más necesitados o invertir en el futuro de todos los españoles.